(Nota: si todavía no has leído la serie publicada hasta ahora de Canción de Hielo y Fuego de George R. R. Martin:

  1. Ya estás tardando;
  2. No intentes entender el título de esta entrada).

Ayer sábado fue la boda de mi prima y, creo que por primera vez en mucho tiempo, ha sido una boda de las de ir a comer en lugar de a cenar. Claro que, por supuesto, hubo varios incidentes que la conviertieron en una Boda Cuasirroja... y no me refiero a la tormenta del sábado, que también influyó, pero no fue lo más destacable. Tampoco me refiero a Las Tres Arpías, que también estuvieron allí con cara de amargadas (bueno, menos la madre de la novia, que estaba bastante contenta). Tampoco tiene que ver con tipos sin formación musical cantando Las lluvias de Castamere, si bien la música ambiental de Luis Miguel durante la ceremonia poco tuvo que envidiar al evento ficticio del sr. Martin. Me refiero al cúmulo de pequeñeces que convirtieron un evento feliz y celebrable en... otra cosa.

Lo primero fue, por supuesto, llegar a la finca donde se celebraba. En principio, y en teoría, era una finca bastante conocida muy cerca de Chinchón. Lo cual, por supuesto, nos hizo pensar que camino a Chinchón veríamos los carteles indicando el desvío para entrar a la misma.

Y los vimos, por supuesto. Lo que no imaginábamos era que, viendo el primer cartel entre la carretera y un camino de cabras, tendríamos que tomar el camino de cabras. Así que nos pasamos de largo, claro.

Después de varias vueltas intentando hacer un cambio de sentido, y de pasar de largo un segundo cartel con un segundo camino de cabras, conseguimos llegar al camino original y entrar a la finca para dejar el coche en el aparcamiento (donde aparcamiento significa ensanchamiento del camino de cabras donde puedes divertirte haciendo derrapaje en el barro; y lo de barro no es casual, no... con la lluvia del sábado, aquello parecía un ring de lucha en el barro pero sin luchadoras en bikini).

En fin, que aquello no presagiaba nada bueno. Menos mal que al final mi tío, mi tía y mi prima junto con su pareja decidieron ignorar los desencuentros con Las Tres Arpías y acudir a la boda. Mi primo no; ese dijo bien clarito que a él no se le había perdido nada allí, así que no le vi. Y afortunadamente también fueron mis padres, mi hermano y Ki. Naturalmente, hicimos corrillo nada más llegar y vernos, y allá que le dieran al resto con queso. Menos mi madre, claro... que se fue de misión scout a buscar dónde estaban los baños. Porque, obviamente, en medio de la carpa instalada para la ocasión no estaban. Así fue como descubrimos que los baños estaban a un ratito andando por entre plantas frondosas y cenadores que probablemente en condiciones meteorológicas favorables constituirían un lugar de ensueño, pero que bajo la lluvia y el cielo plomizo asemejaban Vietnam en pleno monzón. Claro que la frondosidad fue un punto a favor para aquellos que no podían esperar lo suficiente como para llegar a los baños, todo hay que decirlo. Que haberlos, los hubo... tanto pillados in fraganti como directamente confesos.

Tuvimos que esperar aún un buen rato hasta que llegó la novia, en el coche tuneao de su hermano (quedaba muy curiosa la combinación de lazos blancos y tuning en el coche de mi primo, hay que reconocer la originalidad). Afortunadamente no llovió durante el tiempo de espera y la llegada de la novia al sitio de casarse... al cual no puedo llamar altar, ya que fue una boda 100% civil. Minipunto a favor de los desposados, por cierto... aunque las bodas religiosas tienen su aquel, que consiste básicamente en que Ki y yo normalmente nos escapamos de la iglesia para esperar cómodamente tomando una caña en cualquier tasca cercana. Si bien en este caso de boda civil, como me recalcó mi prima (abogada para más señas), la oficiante de ceremonias tenía de concejala lo que nosotras de monjas.

El caso es que durante la ceremonia ya se puso a llover, con lo que todo el mundo se acabó escondiendo bajo el porche de la carpa. Tampoco es que pasara nada malo... pero claro, eso obligaba a prestar más atención a la ceremonia. Yo sin duda, de la ceremonia en sí misma, me quedo con la diadema-pamela de otra de mis primas y con el poema que una amiga de mi prima la novia escribió para ella y para su cuasimarido y que leyó libre y voluntariamente justo antes de la entrega de los anillos. No lo recuerdo completo, pero sí se me han quedado grabados en la mente los versos amor atómico eléctrico y catarsis quimérica. Junto con la etiqueta de gafapasta que le puse mentalmente a la moza, claro. Esa muchacha hubiera sido capaz de hacer un poema digno de G. Sanz.

A estas alturas estábamos todos helados de frío, así que no hizo ni falta que nos dijeran que ya podíamos entrar a la carpa: nos abalanzamos al interior (más concretamente hacia las estufas) como hienas a la carroña. Y aquí empezó el desfile de sillas, mesas y camareros sirviendo bebidas.

Sí, he dicho bebidas. Porque, a estas alturas, estábamos como pirañas con el estómago rugiente. Pero la comida no llegaba. Bebida sí, la que quisieras... si es que querías llenar la vejiga e ir después nadando hasta los baños o el seto más cercano. Pero comida, lo que se dice comida, tardó en salir.

Y lo primero que salió, con buen criterio desde mi punto de vista, fue la comida de los niños. Que consistió básicamente en una mesa especial para ellos llena de pulgas de jamón serrano, patatas fritas, ketchup y gusanitos. Por supuesto, también hay que decir que bastantes adultos, y para más inri la mayoría de ellos padres de los pequeños, saquearon sin compasión la mesa de los niños. Aquí ya empezó la matanza por el sustento. Porque, cuando por enésima vez salieron los camareros de la cocina con bandejas de bebida, juraría que vi burbujear el suelo bajo uno de los camareros, y que éste dio un traspiés... no por pérdida de equilibrio sino porque, de pura hambre, las pirañas los invitados le habían devorado una pierna. Creo que fue entonces cuando se disparó la Alarma Boda Roja en los camareros y decidieron sacar algo de comer, por si así podían salvar sus vidas.

Para cuando salieron las primeras bandejas del primer tipo de canapé, vi cómo a dos de los camareros les robaron la bandeja. Literalmente. Y eso sucedió durante toda la tarde; y lo sé porque nuestra mesa, que era la más alejada de la de los novios, se vio severamente perjudicada.

Claro que en nuestra mesa también estuvieron sentadas dos de Las Tres Arpías. Calladas como muertas y con cara de amargadas, supongo que por el hecho de tener que compartir mesa con la plebe como nosotros. Es más, hice una foto a mi padre junto con mi tío y ellas dos y es para ver las caras. Son un poema.

Del resto ni hablo. Ambiente, lo que se dice ambiente, no hubo. Malas caras, por parte de Las Tres Arpías, de esas sí tuvimos las que quisimos. Bailar... bueno, lo que quisimos, que tampoco fue gran cosa. Y por supuesto, en cuanto mi tío dijo que se iba (mi prima y su pareja habían venido con ellos, y habían quedado por la noche para cenar) nosotros también hicimos desbandada en masa.

Vamos, que volvimos por la noche a casa con más hambre que el perro de un ciego. De hecho Ki y yo salimos sólo para cenar y despejarnos de tanto ruido acumulado en los oídos.

Creo que es la primera boda a la que asisto en la que no sólo no se pasaron con la comida, sino que los camareros corrieron riesgo severo de ser devorados vivos.